Te voy a decir la verdad, “cuerpo”: antes de irme a Chia-paz (esta última vez), no reparaba mucho en ti. Yo era tú, tú eras yo, parte de mi, ahí estábamos pues, nos movíamos a todos lados y nuestra relación era…cordial.
Y sí… vas a decir –¡Duro y dale con Chia-paz! Pues sí, ¿qué le voy a hacer? Ahí es otro ritmo y ahí me disocio en dos, en cinco o en mil pedazos y ¡los conozco todos!
Yo ya sabía lo que podría sucederme al ir pero una cosa es saberlo y otra es sentirlo y una cosa es sentirlo físicamente y otra es sentirlo con el alma.
-Para mi, Chia-paz es como rasparme la piel, como ir por la vida con la carne viva pero allá no duele, allá sólo queda ir así porque todo se siente, lo bonito y lo doloroso se siente profundamente, como traer las emociones a flor de piel. No la necesito, el aire mismo me protege, ¿Protección? No, eso ni existe.
No es como estar aquí, en la ciudad, en Puebla y tener que usar tu piel. Porque aquí todo te lacera, todo te hiere, Ir por la vida sin piel, sin armadura, es una locura. En Chia-paz, el dolor remueve, cura y limpia; aquí, en la ciudad, el cuerpo sólo está para llevarnos y traernos, es un producto de consumo más.
Era el cuarto día, un jueves: “Mi cuerpo arde, de mi cuello al inicio del pecho, duele de manera interna-externa, cada roce es insoportable, él me toca y me recuerda que ese dolor siempre ha estado ahí y yo lo olvido”. Allá en el Otro mundo el cuerpo es, existe, habla contigo y tú con él. Te dice lo que pasa y lo que me pasó me lo dijo. Fueron tres días cargados de emociones, “ese dolor es emocional”, dijo Sandra. Lo imaginaba pero no eran sólo los hombros, como normalmente me duelen porque ahí recae la tensión, ahora era desde debajo de mi barbilla y recorría todo mi cuello hasta el inicio de mi pecho. La sensación era idéntica al ardor que se siente por quemaduras de sol sólo que no me había quemado, era la vida ahí la que me dolía, ¡no, no! Era el recuerdo de mi vida pasada, comparada con mi vida ahí, el que me quemaba por dentro y por fuera.
Un baile indígena, 8 de la mañana, reunidos en un círculo, ¡otro ritmo! Siempre será otro ritmo. Yo cerré los ojos, la vista me expande tanto como me limita: “ama como si nunca hubieses sido herido, baila como si nadie estuviese viendo” pues ni yo me vi, mejor bailé. A mi derecha, mi Morgane, esa francesita rara y adorable; a mi izquierda, Clara, indígena sabia y elocuente. Sus dos manos sobre las mías fueron algo comparado a compresas de agua fría que calmaron y curaron el ardor.
Y hoy… hoy 23 de Septiembre, precisamente un jueves común y corriente en la ciudad de Puebla ya no sé que hacer contigo. Tratas de hablarme pero yo no te entiendo, eres como un confuso y exasperarte murmullo que se pierde entre tantos otros ruidos. Agudizo mi oído, mis sentidos pero sólo me traes dolor; no es un dolor como el que se necesita para limpiarte sino el dolor que se acumula.
Tantos moretones, dolor en las piernas, rigidez en los hombros. La piel parece ya no poder dar de sí. Y ¿cómo puedo ayudarte? Cómo, si el ritmo exige malas posturas, exige un constante estado de alerta corporal, exige correr por prisa y no por salud.
Me dueles y me aprisionas. Sé que sólo intentas decirme que yo te duelo a ti. Que no estamos bien por dentro, que el amor puro se quedó en el baile y en las manos de Morgane y Clara, en la playa de Boca del Cielo…en el aire de Chia-paz. Creí haberlo traído conmigo, quizá en mi maleta, pero no, es posible que se me cayera de la bolsa trasera del pantalón o se diluyera en el río donde nos despedimos Él y yo. En fin, hoy ya es viernes y sigo sin saber qué hacer por nosotros…
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